‘El tiempo interno’: la paz del gregoriano, el teatro de la muerte

Bustos

La muerte, eso que sólo le ocurre a los demás, es una inagotable fuente de belleza. Enrique Bustos sabe mucho de este asunto y así lo ha demostrado en El tiempo interno, un taller (organizado por Actoral Lab) que el integrante de La Zaranda ha impartido en La Puerta Estrecha durante tres días.

La investigación de este seminario tiene mucho que ver con lo antropológico y con lo arcaico pero, sobre todo, con indagar en el teatro a partir de imágenes sonoras. Y dentro de esta sonoridad, el taller se vertebra a través del canto gregoriano. Bustos enfocó el seminario con la marcada intención de que el coro primara sobre lo propio; y la creación sobre cualquier asomo de vanidad: “si el canto gregoriano ha sabido mantenerse a través de los siglos, y manifestar su piedad, ha sido porque se compuso para ser oración comunitaria y no individual”, manifiesta el director. Durante tres días, los actores han transitado por sus instintos más profundos. Han dejado a un lado la razón, la presión y el cortoplacismo que reina en la sociedad para adentrarse en una hervidura sensorial cocida a fuego lento. Muy lento.

La sesión se inicia con un calentamiento en forma de ritual. Una especie de viaje a otro tiempo en el que los diez actores cantan melodías gregorianas. En la sala, se escuchan piezas que han formado parte de los últimos trabajos de La Zaranda, como Adoro te Devóte, Roráte Caeli o la Letania de los Santos. “Desde el instante en que resuena el canto gregoriano, evoca otro mundo”, narra el director. Seguidamente, el teatro. La acción. Los actores, vestidos de negro, transportan un cuerpo envuelto en un sudario. “Todos somos ese cuerpo que llevamos y somos los que llevamos ese cuerpo”, indica Bustos. Los participantes del taller intervienen con un texto de Juan Rulfo de un potente poder expresivo. “Recuerdo que me vine apoyando en las paredes como si caminara con las manos”. Sábanas blancas sobre los actores. Velas. El paso no se acelera. Por momentos, sólo se escucha el sonido de los pies al crujir con la madera. “De las paredes parecían salir los murmullos”. Murmullos de personas que mandan callar a los demás. Llantos. Lamentos. “Me aparté de las paredes y seguí por mitad de la calle; pero los oía igual”. Depositan el cadáver. Proyecciones de agua, los cuerpos se posan sobre una especie de cuesta, de montaña bíblica, creada con una rampa y una tela negra. Y empieza un nuevo texto de Rulfo:

-¿Qué haces ahí?

– He estado deseando tu muerte, eso he estado haciendo toda la tarde,
deseando que tú mueras, a ver si así puedo llorar un poco. ¿No te he dicho
nunca que jamás he llorado? En cambio me gusta martirizar a la gente que
quiero, martirizarla con el pensamiento, viéndola morir en la más larga y cruel
agonía. Me gusta pensar eso y quedarme sola saboreando mis pensamientos.

-¡Vamos, sabes que te hace daño el sereno de la tarde!

-¡Estoy bien a gusto aquí! Estaba viendo la muerte del día. Estoy cansada de
pensar que te mueres y me veo a mi misma abrazada a tu cadáver, llenando el
hueco de tus ojos con mis lágrimas, ¿son dulces las lágrimas o solo son de
agua? Cuando te mueras quiero que te entierren en el fondo del río, para que
su ruido me recuerde siempre que allí estás tú.

-No te preocupes, cuando me muera me enterrarán en el fondo del río.

taller

Cada parlamento lo emite un actor desde un estado único, genuino, y las emociones que reinan en las paredes de La Puerta Estrecha son muy variables. Una misma frase será gritada por un actor; susurrada por otro; una actriz la cargará de rabia… y otra de esperanza. La entrega del grupo es tal que, a pesar de contar con la misma letra, y de que cada uno le da un sentido distinto, todo casa. No da la sensación de que ninguno vaya a contratexto. “Cuando algo sale de lo más profundo de nosotros, no hay bien ni mal, hay verdad”, aclara Bustos. Abandonan la montaña, se levantan, se sitúan frente a una especie de tumba, y se adentran en los mundos del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul:

-No me queda mucho tiempo. Cuando era estudiante presentar los trabajos en clase me ponía muy nervioso. Me olvidaba y dejaba la comida a medias. Cuando estás alterado no funcionas bien.

-¿Estás alterado o tienes miedo?

-Es como cuando presentaba los trabajos. ¿Y tú? ¿Te sentías igual cuando te estabas muriendo?

-Sí, pero no quería que lo supieras.

-Te quiero mucho. Me dio mucha vergüenza que te aparecieras anoche.

-¿Vergüenza?

-Mira mis manos, mis brazos, no soy el mismo. No soy el que era hace 19 años. Tienes las manos heladas. No sé cómo te encontraré cuando haya muerto. ¿A dónde debería ir a buscarte? ¿Al cielo?

-El cielo está sobrevalorado. Allí no hay nada.

-¿Y dónde estás tú?

-Los fantasmas no están ligados a ningún lugar sino a las personas, a los vivos.

-¿Y si estoy muerto?

Y nuevamente el silencio, elemento protagónico en esta investigación: “¿El silencio no forma parte de la música? ¿No es su respiración y su vida?”, cuenta el director, que muestra un compromiso férreo con la palabra, con el signo, con la puntuación: “varios siglos antes del comienzo de la notación musical, los primeros signos que aparecen en los manuscritos hacen referencia a la puntuación. Indican respiraciones mínimas, medias y mayores, así como hay un signo especial para las interrogaciones”.

Y después, surge la última parte del taller, una charla en la que los actores comentan lo vivido durante estos tres días:

Actor 1: “Me he reafirmado en la necesidad de la lentitud”.

Actor 2: “¿Por qué los textos que has elegido están entre la vida y la muerte?”.

Bustos: “Creo que en todo arte tiene que darse el misterio de la resurrección”.

Paco Montes (coordinador del taller): “Me ha llamado especialmente la atención que, en el arte dramático, se suele construir a partir de imágenes poéticas, y aquí se ha trabajado con imágenes sonoras como semilla de todo”.

Bustos: “El cuerpo y la mente tienen una potente memoria sonora, y es un eficaz vehículo para construir. Me viene a la cabeza lo que decía San Pablo que, tras caerse del caballo, contaba que la fe le venía por el oído (quedó ciego y contaba que oía a Jesús pero no le veía)”.

Alumno 3: “El uso con el elemento de la sábana me ha parecido muy interesante, es algo que está con nosotros al nacer y al morir”.

Bustos: “La sábana tiene mucho poder. Como decía Quevedo: la cuna y la sepultura”.

Alumno 1: “Este tipo de trabajo me ha acercado a la bondad, a la humildad”.b)

Y Enrique Bustos sentencia con una frase que, quizá, resume el espíritu de este curso y la importancia que él mismo le da al coro: “en los grupos de actores tenemos a mostrar nuestra personalidad; sin embargo, cuando desaparecemos en el conjunto, aparece un descubrimiento muy grande a favor de obra y en perjuicio de nuestra vanidad: es la obra lo que prevalece”.

Y terminan repasando la salida. Diez cuerpos, una respiración y, en el eco de las paredes, Rulfo: “Te dejaré en paz, Susana. Conforme vayas repitiendo las palabras que yo diga, te irás quedando dormida. Sentirás como si tú misma te arrullaras, y ya que te duermas nadie te despertará”.

Cuánta paz hay en el canto gregoriano. Cuánto teatro hay en la muerte.


Fotografías: Ana Rodríguez León (extraídas del vídeo).

Nota: La crónica pertenece al tercer y último día de taller.

1 comentario en “‘El tiempo interno’: la paz del gregoriano, el teatro de la muerte”

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